S A N J O S É

S A N   J O S É

¡Qué pura debió de ser
el alma que te animaba!
porque se te dejó ver,
encarnado en la mujer,
al que el Padre su hijo llama.

Tú sabías que era puro
el cuerpo de la mujer,
pero el ángel te asomó
a otra singular pureza,
la del alma que albergaba
la Luz de otro amanecer.
Tú la viste diamantina
y entendiste que aquel cuerpo
era la tierra divina
donde la Luz, no creada,
se haría ver y crecer.
Lo que tú sentiste entonces
yo quiero vivir, José.

Tú, sentiste  la pureza
en el alma inmaculada
porque conserva la esencia
del Padre, nunca manchada,
y que es, preparada tierra
para que su Hijo se geste
en esa matriz sagrada.

La maternidad divina,
¡házmela sentir, José!
Quiero sentir la pureza
de mi alma, ¡tan manchada!
y, cuando lavada quede,
virginal y sublimada
y espejo del Padre sea
pueda  yo gestar al Hijo
y darlo al mundo también.

¡La maternidad divina
házmela vivir, José!

María Palacios

2 comentarios:

reina dijo...

Divino, María...!!!

Soledad Sánchez M. dijo...

¡María! ¡Qué hermosura de poema!

La figura de San José, siempre en un segundo plano, recoge todo el amor de un hombre hacia una mujer, y todo el amor de un padre a un hijo.

¡Muy bello!

Un beso.

Soledad.

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