EL BESO DE UNA SOMBRA

EL BESO DE UNA SOMBRA

 

No hay cantante, poeta o trovador que alguna vez no haya sentido la necesidad de cantarle a la soledad.

 

Esa amante que nos besa y se va, la que solemos buscar para aliviar alguna herida y la que a veces nos llega sin esperarla.

 

Hay algo de extraño e indiscutible en la esencia humana y es que en algún momento de su vida, todo hombre, a pesar de su condición de animal social, ha deseado la soledad, la ha buscado, la ha anhelado y la ha disfrutado.

 

Pero es obvio que existe una soledad de lado oscuro, que entristece y no resulta deseable.

 

Y creo que este lado tétrico de la soledad está relacionado con las ausencias.

 

Y no hablo aquí de las ausencias inevitables, sino de los que queriendo o sin querer, se ausentan pudiendo estar presentes.

 

Esas ausencias opacan las victorias, los logros, las alegrías. Porque si no hay con quien compartir una alegría, la alegría pierde su efusividad.

 

Esas ausencias ahondan el dolor de la derrota, anudan aún más las gargantas. Porque todos sabemos que siempre es más fácil llorar cuando nuestras lágrimas tienen un pecho en el que ir a morir.

 

Esas soledades son amargas.

 

Porque son ausencias que parten desde donde menos esperamos. Parten de quienes nos conocen, nos ven luchar, conocen nuestros planes, algunos de nuestros sueños, saben de nosotros. Precisamente de quienes esperamos algo distinto de lo que podemos esperar de cualquier desconocido.

 

No es que uno vaya a andar mendigando una palabra de aliento, no es tampoco cuestión de orgullo. Pero esperamos un gesto.

 

Porque los gestos construyen.

 

Y un gesto, por mínimo que sea, recibido en el momento oportuno, muchas veces salva nuestra cabeza y repone un poco de nuestras malogradas fuerzas.

 

Somos seres humanos y necesitamos de los demás, esto es indiscutible. Pero en más de una ocasión nos sentimos tentados al aislamiento, al llanto solitario, a la sensación de que nuestros sueños sólo son importantes para nosotros.

 

Por un lado no queremos resultar unos llorones y pedir consuelo, pero si nos callamos nos tildan de cerrados, de poco comunicativos; y ahí quedamos masticándonos nuestras angustias en un silencio que dice a gritos: eh no me ven? No saben que los necesito?

 

Esa es la soledad gris. La del desierto de gente. La que no esperamos. La que no necesitamos.

 

A ella nadie le canta, porque es la cara amarga de esa amante inmanejable, incontrolable.

 

De ella surgen más fácilmente los versos, de ella, lo más profundo de nuestros pesares sale a la luz y nos hace ver nuestras carencias.

 

Porque no es lo mismo estar solo que sentirse solo.

 

Y si se pudiera elegir, yo me quedo con la dulce soledad del encuentro con nosotros mismos, esa soledad que a veces se vuelve nostálgica y tibia, esa que se busca porque se necesita, esa que creo amar.

 

Pero como no se puede elegir habrá que ver como hacemos.

 

En principio no soy muy optimista, creo que cuando este tipo de soledades llegan, solo queda aguantar.

 

Al menos tenemos la certeza de que lo que tiene la soledad, como todas las amantes, es que no se quedará para siempre con nosotros.

 

DIEGO DOBLER

(ARGENTINA)

4 comentarios:

teresa cariño dijo...

Siempre es necesario tener momentos de soledad es algo que adoramos los poetas.Un abrazo

Elisa Rodríguez dijo...

Me encanta seguir tus trabajos Diego.
Es interesante lo que escribes.

Anónimo dijo...

AGRADEZCO DESDE AQUI VUESTROS GENEROSOS COMENTARIOS Y DESDE YA QUE ES UN PLACER Y UN HONOR COMPARTIR CON USTEDES ESTE ESPACIO

DIEGO DOBLER. SANTA FE. ARGENTINA

lasestacionesdetuausencia dijo...

La soledad de los ausentes/presentes, es la que más nos da que hacer, nos regala los recuerdos, el vino dulce de la nostalgia, y otras cosas. Me encantó tu poema.
Saludos
hernán

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